Había Salido el sol tímidamente en la Terminal de La Serana cuando montamos en el bus que nos llevaría hasta un pueblecito del interior llamado Pisco Elqui, donde se fabricaba el licor de mismo nombre. A las 10 de la mañana ya con un sol resplandeciente estábamos tirados en la plaza de Pisco, a los pies de una iglesia de madera, con nuestras enormes mochilas. Jaime hacia su rutina diaria de aseo al aire libre, mientras yo me bebía un zumo y comía algo tumbado en el suelo.

Una vez listos nos dispusimos a hacer una caminata hasta lo alto de una montaña para divisar el pueblo. Empezamos a subir cargados con las mochilas, y tras 15 minutos de caminata ninguno de los dos podía ya con su alma. Comenzaba a afectarnos el mal de altura y no hablábamos, nos dedicábamos a dar un paso tras otro, pesadamente, encorvados sobre nosotros, sudando y con el sol pegando encima de nosotros. Llegados a un punto del camino, nos miramos y estuvimos de acuerdo en que aquello era la cima, aún quedaba un trecho, pero esa era la barrera entre lo divertido y el sufrimiento.

Queríamos recorrer el valle y conocerlo un poco mejor así que nos acercamos hasta un lugar donde nos alquilaran unas bicicletas. Un chico nos subiría hasta lo alto del valle  en una furgoneta con las bicis y nosotros solo tendríamos que bajar, nos prometió un retorno espectacular a orillas del río, pasando por un pueblo de artesanos, viendo caballos y hasta un baño en el rió.

Llegados a este punto y para que entendáis por que el agradable paseo se convirtió en una odisea tengo que comentar en qué consistía nuestra indumentaria. Nuestras mochilas, aunque pesadas y llenas hasta los topes, no incluían ropa deportiva ni nada parecido. Unas cuantas camisetas de manga corta, una sudadera, y un par pantalones calurosos. Nuestras botas eran perfectas para cruzar desiertos montañas y zonas pedregosas pero fatales para montar en bici. Además yo arrastraba conmigo un enorme resfriado que había pescado en las locas noches porteñas. Aun así, esto no nos hizo dudar, así que sin darnos cuenta estábamos dirección al valle con nuestro guía. El cual nos preguntaba el motivo de nuestro viaje, por el placer de viajar simplemente le explicamos, según él estaría encantado de hacer lo mismo que nosotros si pudiera, lo dijo con cierta nostalgia mientras se aferraba al volante de la furgoneta. Hablamos, como seria común en las conversaciones venideras entre los jóvenes chilenos, de las mujeres en España, de las mujeres en chile y de la fiesta. Nuestro guía nos dejó en medio de un camino polvoriento, con dos trozos de hierro con ruedas, un casco, una botella de agua y un sol abrasador. Lo vimos perderse a lo lejos entre el polvo.

 

Estábamos solos y comenzamos a pedalear con decisión y energía cuesta abajo, como nos habían prometido, pronto encontramos el río, que estaba bien pero no dejaba ser un rió y más tarde encontramos un pueblito prefabricado de artesanos,  a mi parecer hippies venidos a menos que estaban allí en medio para aprovecharse de los incautos turistas. Nos hicimos unos sándwiches de pavo con un queso fundido por el sol y los comimos a orillas del río.

A partir de este momento dejo de ser divertido. El sol quemaba y sudábamos, el camino ya no era cuesta abajo, había que subir y el cansancio hacia mella. Yo no podía respirar y a cada pedalada el pecho me ardía. Tenía la garganta seca y el agua estaba caliente. A cada momento me encontraba peor, cada vez más cansado y más resfriado, el corazón latía a todo lo que daba. Y no parecía que llegáramos nunca y en ese momento eso era lo único que me importaba, me daban igual el espectacular paisaje que teníamos ante nosotros. Yo tan solo quería beber algo con mucho azúcar. La sensación en el pecho era horrorosa y me sentía muy cansado. Los pantalones se nos pegaban a las piernas y las botas parecían dos losas en nuestros pies. Teníamos mucho calor y nos estábamos quemando por el sol. Mi cuerpo ardía.

Por fin llegamos tras sumo esfuerzo al pueblo y  derrotado me senté junto a una abuelo a tomarme una coca cola, sin hablar, tosiendo  sin decir nada durante un rato. El día había terminado por hoy, obligue a Jaime a retornar a La Serena para buscar un hostal ducharnos e ir a cenar. No me costó convencerlo, había sido duro. Encontramos un hostal  regentado por una abuela que hablaba mucho y su marido que no hablaba absolutamente nada y después de ducharnos y cenar dormí de un tirón, como hacía mucho que no dormía.

Estos textos pertenecen al viaje realizado por Chile en Noviembre de 2010.